Exiled from CBGB

La prueba del algodón

16 Abril, 2008 · No hay comentarios

Hola a todos:

El post anterior me ha hecho recordar una regla que tengo para saber si un concierto que he terminado de escuchar ha sido malo, bueno o espectacular. Lo que es mejor, me determina la calidad del concierto en el aspecto sonoro, sin considerar las poses, las luces, los artificios o la escenografía. No, únicamente la música.

El método es muy sencillo, a la media horita de finalizar, escuchar música. Si no hay problemas, el concierto no ha sido para tanto, pero a medida que escuchar cualquier otra cosa se te haga insoportable, el concierto ha sido mejor.

Evidentemente, fue a través de una experiencia personal que digo esto. Lo recuerdo perfectamente, era noviembre de 2002 y Paul Weller había venido a Madrid a dar un concierto en La Riviera. Para entonces conocía poco su discografía, de hecho, fui porque yo me había oído el Helliocentric (algunas de cuyas canciones con aire tan pastoral me habían gustado, aunque tampoco sin entusiasmarme), un par de temas del Illumination que me encantaron, y lo que un amigo me había pasado en un CD, con canciones de The Jam.

 

Llegué casi al final de la actuación del telonero, que se despedía con una versión de “su grupo favorito”: The Small Faces. Era un chico joven que estaba empezando y que respondía al nombre de Deluxe

 

Paul Weller salió con una camisa espantosa, de las que sólo un inglés es capaz de ponerse, y comenzó el concierto atronando. No recuerdo todas las canciones que sonaron, pero sí se que muchas las desconocía, pero todas me encantaban, fueran baladas, rocks con garra o melodías bucólicas. Al tocar Sunflower emergieron de entre el público un par de girasoles. Si me acuerdo de las canciones de The Jam que sonaron: In The Crowd, English Rose y, cerrando los bises, Town Called Malice. Salí maravillado, con todos los nuevos sonidos que había oído revoloteando en mi cabeza. Crucé el río y me dispuse a tomar el Metro para volver a casa en la estación de Puerta del Ángel. En el andén, casi a la una de la madrugada, se oía música a través del nuevo sistema de sonido que habían instalado para el próximo a estrenar CanalMetro. Era la primera vez que oía música en el Metro y tuvo que ser esa noche. No tengo ni idea de lo que demonios vomitaban los altavoces, pero sé que me espantó. Sonaba mal, prefabricado, indistinto, sin energía, una auténtica basura… ¡que se intentaba colar en mi cabeza para borrar el recuerdo del concierto! Debía ser español, porque temí que se me pudiera pegar la letra de lo que habían generosamente llamado canción, de modo que me tapé los oídos lo más fuerte posible, abrí la boca, me quedé en un rincón y esperé a que llegase el metro.

 

Afortunadamente, la conjura de la mediocridad no logró su objetivo y esa noche soñé con la banda sonora del concierto y aún al día siguiente mi mente regresaba sin cesar a esas canciones.

 

Desde entonces, esa sensación, ese asombro ante una genialidad sobre un escenario la habré tenido un puñado escaso de veces. Es difícil, porque tiene que ser un concierto en el que se te sorprenda muy positivamente. Tal vez el hecho de conocer pocas canciones acentúe la sorpresa, pero si el artista no se entrega, no ocurrirá jamás.

 

Sin embargo, toda regla tiene su excepción… aunque es una excepción relativa. Tras ver la película de Shine A Light fui a tomar un autobús búho para ir a casa (me gusta ir a la sesión golfa de madrugada). Encendí mi radio-mp3 sin pensar y me encontré deplorando lo que sonaba, cambié rápidamente a la siguiente emisora presintonizada, todavía peor. Ya sabía lo que pasaba, pero continué con el rastreo y, de pronto, una canción admirable inundó mi cerebro. Había aguantado la prueba por su luminosidad, ligereza, grandeza de espíritu y talento. Y es que se necesita ser George Harrison para poder compararse a The Rolling Stones sin palidecer. Give Me Love (Give Me Peace On Earth).

¿Tenéis alguna regla o forma curiosa de saber intuitivamente la calidad de un concierto que acabáis de ver?

Saludetes

Ártabro 

P.S. Escucha recomendada: Wild Wood de Paul Weller

 

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