El otro día, en el post dedicado a Rock in Rio saltó la duda de si tener ciertos recelos frente a los espectadores de algunos conciertos (Estopa, Alejandro Sanz,…) y su comportamiento en conciertos de otros artistas, era síntoma de, glup, esnobismo musical.
Bueno, supongo que cada uno tendrá su definición de esnobismo, con gran probabilidad calculada para no caer en ella; después de todo esnob es un término despectivo. Yo, evidentemente, tengo la mía y he intentado ser lo más objetivo posible.
En mi opinión, a un esnob musical no le gusta realmente la música. Lo que en verdad le gusta es diferenciarse, alejarse de los gustos mayoritarios. Así, cuanto más oscuro y desconocido sea un grupo, más probable es que le atraiga. Por supuesto, si ese grupo consigue posteriormente llegar a un público muy amplio, es rápidamente rechazado con una panoplia de calificativos conocidos por todos: se han vendido, ahora van por la pasta, ya no son buenos,… Esto, no obstante, no quita para que digan que fueron ellos los que los descubrieron (y se bajaron del barco justo cuando empezaba a llenarse). Un esnob musical no tiene realmente amigos con los que hable de música. Casi siempre subyace, en sus conversaciones con otros esnobs, un espíritu de competencia en ver quién sorprende a quien con un artista o una banda desconocida, con influencias lo más heterogéneas posible.
Por supuesto, hay muchos grados de esnobismo, desde el superficial hasta el fanático, pero es difícil que una persona sea completamente de esta forma. Lo que he descrito son comportamientos esnobistas en la música. Los esnobs son tan buenas o malas personas como podamos ser cualquiera de nosotros.
Y bien, ateniéndonos a esta definición, estoy seguro de que ninguno de los que intervinimos en ese hilo sea un esnob. Indagar buscando nuevos grupos no es ser esnob, es ser amante de la música y de descubrir nuevos sonidos. El esnobismo no es encontrar nuevos grupos que te gusten. Es evitar que otros los conozcan o lamentar que esto ocurra. Lo importante, y lo que separa a un esnob de una persona a la que le gusta la música, es que a éstos les da igual cuánta gente disfrute de la música que ellos prefieren, no es una variable que tengan en cuenta en sus gustos.
Por mi parte, me encanta compartir grupos que a mí me gustan y desearía que fuesen más conocidos. Si no, no tendría esta bitácora descalabrada. Y lamentar que en este país, en un festival de música, tenga más importancia la actuación de Alejandro Sanz o de El Canto del Loco que la de Neil Young o Bob Dylan, y deplorar que no haya espacios musicales en las televisiones y radios (casi monopolizados en exclusiva por los primeros) para estos artistas, no es de esnobs. Definitivamente, no es de esnobs.
Pero claro, todo esto es según mi opinión y me puedo estar “protegiendo” inconscientemente. Así que os pregunto ¿Cuál es vuestra definición de esnobismo musical?
Os dejo con un vídeo de una canción en las antípodas de lo esnob. La maravillosa Last Train To London de la Electric Light Orquestra.
Saludetes
Ártabro
P. S. Escucha recomendada: Heart Of Gold de Neil Young
Por supuesto que nadie llega tarde a comentar ningún hilo. Y gracias por los comentarios. Estoy de acuerdo con Poncho en que los distribuidores se están llevando un porcentaje muy alto del precio final de los discos. Recuerdo que Santiago Auserón comentó que se llevaba mucho más dinero vendiendo el disco por 6 € en su página que vendiéndolo en una tienda por mucho más. Los periódicos y revistas consiguen el objetivo de una amplísima distribución con un recargo en el precio final mucho más bajo.
Pero bueno, el hilo de hoy viene por la sugerencia de hablar sobre el Rock in Río. No fui. Así de claro. Y no porque fuese caro. No, por un día de actuaciones el precio es el que se puede encontrar en otros festivales multitudinarios como el FIB o el Summercase. Tampoco carecía el cartel de artistas a los que me gustaría ver, aunque hay que decir que tampoco había ninguno por el mataría por ver. Tampoco fue por temor al calor, a pesar de que es cierto de que lo paso muy mal en verano, ni por estimar que irían demasiadas personas. He estado en festivales multitudinarios y con calor y no me arredraría en un momento dado.
El motivo está relacionado con su carácter marcadamente mercantil, pero no por contar con tropecientos patrocinadores, publicidad en las pantallas gigantes, calles comerciales, norias, atracciones de feria, etc. No, eso no me preocupa, pues no soy una persona especialmente consumista, paso de esos mensajes y, hasta cierto punto, comprendo que es algo necesario para reunir un buen cartel. Lo malo es lo que conlleva que sea un festival tan mercantil. Primero, comporta ciertas concesiones cuyo fin sea atraer una gran afluencia de gente. De ahí la presencia de artistas que no casaban bien con otros. Neil Young, Bob Dylan y The Police compartiendo cartel con Shakira, Alejandro Sanz, Estopa y El Canto del Loco. Uff, un poco forzado. Pero bueno, me lo podría haber tomado como descansos entre actuaciones que me interesasen. El problema es que programar a tales artistas populares provoca que acuda mucha gente a verlos que, desgraciadamente, se quedan a ver los otros conciertos, los de artistas que no controlan.
Hablan. Hablan mucho, tal vez por no estar acostumbrados a oír música de otros estilos. Generalmente se ponen a hablar de trivialidades (lo que van a hacer después, llaman por teléfono a colegas para ver dónde están, comentan lo muermo que ha estado Bob Dylan que no ha saludado en español,…). No respetan a los que quieren ver las actuaciones. Ya lo he vivido antes y siempre consiguen desquiciarme. Lo malo es que creen que deben ver esas actuaciones, pero no porque les gusten (puede que no conozcan ni una canción de ellos), sino porque saben que se les considera mitos y que queda bien decir que los has visto. Lástima que no practiquen esa honestidad que les llevase a aprovechar ese momento para ir a tomar una copa o ir a cenar (y que yo haría con un concierto de El Canto del Loco, porque no lo voy a entender, no me lo voy a pasar bien y puedo estar quitando un buen sitio a alguien). No niego que habrá fans de Estopa que les encante Neil Young o Franz Ferdinand, pero sí estoy seguro de que el perfil de asistentes a sus respectivos conciertos es bastante diferente. Por favor, que nadie lo interprete como snobismo. Respeto a toda esa gente, pero este comportamiento existe, es algo innegable y me molesta, me molesta muchísimo.
Así que me temo que no, que no podría soportar pagar un pastizal por estar apretujado en una multitud, pasando calor, sin poder ver el concierto y, encima, con unos «compañeros» comentando lo bien que debería ser pasarse a probar la tirolina mientras intento escuchar una canción que me gusta. Por eso no fui.
En su lugar, vi parte de las retransmisiones de La 2. Malas, en general. El presentador (¿es el payaso que presenta un concurso en el que hay que adivinar identidades? ¿Es el que se cree gracioso y guapo, el terror de las nenas y es en el fondo un histriónico?) demostró una falta de conocimientos musicales bestial. No se privó de dejar caer que el concierto de Dylan no le gustó y de llamar «modernikis» a los que había ido a ver a Franz Ferdinand. ¿Modernikis? ¿No podrían haber llamado a filas a tantos expertos que tienen en Radio 3? Conexiones ridículas con reporterillos a pie de público, entrevistas espantosas a artistas e invitados «de excepción». Todavía recuerdo la cara de flipe que se le quedó a una antigua presentadora de Fly Music (lástima que no fuese la presentadora del evento, pero me alegré al ver que había sido rescatada de los restos del malogrado canal) al entrevistar a una modelo que pasaba por allí e iba de enteradilla rockerilla cuando sin rubor confesó que ella había ido solamente a ver a Lenny Kravitz, que acababa de llegar y que no había visto nada de Franz Ferdinand. Aparte, el sonido en muchas actuaciones era pésimo, mal tomado. Los cortes publicitarios de escándalo y juzgado de guardia.
En resumen, muy mal la retransmisión. Y que no me hablen de dificultades técnicas, que fueron peores en el Live 8 y se oyeron maravillas tan bien registradas como ésta. Pink Floyd y Confortably Numb.
Y ahora, un pequeño tema para la polémica. Se ha dicho que el concierto de The Police fue de lo mejor del festival. No sé, no vi todo el festival. Pero sí sé que me aburrí como una ostra con el concierto de The Police visto por la tele. No soy un fan rendido de ellos, pero me gustan algunas canciones suyas y, sinceramente, cuando las oí, me decepcionaron. ¿Por qué cortar su evolución con solos de guitarra sin una finalidad clara? Adoro Roxanne, pero no la versión que tocaron allí, prolongada, estirada como piel tras inyección de botox, con esas largas digresiones medio étnicas, medio exhibicionistas. ¡Hala! Ya podéis lincharme por esta opinión.
En fin, ahora que lo pienso, dado el carácter del festival, el presentador era justo el adecuado para el perfil de asistente que querían que acudiese. Quizás por eso no me gustó.
¿Cuál es vuestra opinión? Comentad libremente, tanto de este tema como de cualquier otro.
Saludetes
Ártabro
P.S. Escucha recomendada: Memory Of A Free Festival de David Bowie
El hecho de haber comprado el último disco de Santiago Auserón a través de un periódico me ha dado bastante que pensar. En concreto, he pensado acerca de la relación entre música y medios escritos.
Desde hace años los periódicos baratan (o incluso regalan) discos con la compra del diario, especialmente los fines de semana. Esta práctica, que no se puede desligar de la crisis de la prensa escrita, vino importada de otros países, especialmente el Reino Unido donde desde hace mucho tiempo es muy habitual que los domingos te lleves a casa, junto con el periódico, material audiovisual para toda la semana. Y sin embargo, cuando pasamos de los diarios a las revistas musicales, este fenómeno no se ha producido.
En las revistas musicales inglesas es rarísimo que cada edición no vaya acompañada de un CD (o incluso a veces un DVD) con un revoltijo de temas de multitud de artistas, cuyo punto en común es haber sido inspiración para el artista en portada, o ser versiones de canciones de un grupo o, simplemente, ser canciones de novedad. En las revistas españolas, la situación es bien diferente. Recuerdo tan sólo Rock de Lux ofreciendo este tipo de CD, pero ocasionalmente, y, en general, con un grado de oscuridad del material bastante mayor que el que se da en sus homólogas inglesas.
Y bien, ahora me pregunto, ¿a qué se debe esta diferencia? ¿A que eso encarecería mucho el precio de la revista? Bueno, no lo creo, si no, los periódicos no los regalarían en muchas ocasiones o lo venderían por dos o tres euros. Además, siempre se podría vender la revista con opción a CD o no. Por lo tanto la explicación debe radicar en otro lado.
No creo que los artistas sean los que impidan que algún tema suyo se vendiera de esta forma. Los que empiezan se dan a conocer y los algo más consagrados pueden dar salida a material que se quedó aparcado, promocionar un nuevo álbum, mantenerse en el candelero, mostrar así una cierta deferencia con sus fans… Así que sólo puede ser porque las revistas españolas no quieran o porque las compañías de discos planteen problemas. Esta última opción me parece una posibilidad factible, dada la territorialidad y cierto inmovilismo que las caracterizan.
Y es una lástima, porque estoy seguro que buena parte de las diferencias en cómo la música se siente y se vive entre el Reino Unido y España se debe a este hecho. Por no demasiado dinero, los compradores de la revista se hacen con un CD, que escucharán, y puede que no les guste casi nada de lo que oigan, pero les irá haciendo oído y abriendo sus mentes a otros sonidos (muchos de estos CD tienen canciones de estilos muy eclécticos y de artistas muy diferentes entre sí). Y así, si un joven compra revistas musicales, poco a poco y CD a CD, adquiere una cierta cultura musical no sólo escrita, sino también práctica. Se tomará la música más en serio, estará más receptivo a escuchar nuevas propuestas y se le va formando un gusto más depurado. Nosotros, por contra, seguiremos dependiendo básicamente de lo que los medios audiovisuales nos lancen y, ahí sí, no hay nada más conservador musicalmente hablando, que los medios españoles.
¿Vosotros estaríais dispuestos a pagar más por una revista musical que incluyera un CD? Por pagar más me refiero al precio que tienen las revistas inglesas, unos 6-7 euros al cambio. ¿Qué opináis de todo esto?
Como canción… Tin Soldier de The Small Faces, porque sí, porque ya era pecado que nunca hubiera puesto nada de ellos y porque la actuación es una pasada.
El otro día fui a una gran tienda del centro de Madrid a comprar un DVD para regalar a unos amigos. Cuando pagué, el cajero me alargó un librito blanco y me dijo «Toma. Un regalo». Eché un vistazo rápido al título y me temí lo peor: «La gratuidad es el robo».
Evidentemente, se trataba de una diatriba en contra del intercambio gratuito de archivos a través de las redes P2P. Afirmaba que dicho intercambio estaba minando la cultura, que con ello al final la cultura se empobrecería, se haría cada vez más vulgar y homogénea, hasta que al final desaparecería. El argumento es que los autores, al no ver su trabajo recompensado, dejarían de crear. Las empresas editoras, por su parte, arruinadas, no podrían sacar fondos para buscar nuevos talentos, formarlos y hacer de ellos grandes artistas. También mencionaba que con ello se favorecía la invasión definitiva de la cultura norteamericana, pues al ser la industria más grande y potente, podría resistir más que los independientes o las pequeñas industrias europeas. En fin, un desastre sin paliativos que, poco a más o menos, es lo que Nostradamus había vaticinado en sus profecías.
Según él, la gran explosión de la cultura se dio en el siglo XIX y se debió a la convergencia de adelantos económicos (creación de las clases medias), tecnológicos (invención de soportes más o menos baratos para la cultura como los libros de bolsillo, gramófonos, cines,…) y legales (creación y protección jurídica de los derechos de autor). Antes de los derechos de autor, éstos debían sobrevivir gracias al mecenazgo de algún príncipe, obispo, duque u otro tipo de noble o gran riqueza. Bueno, lo del mecenazgo fue en gran parte es así, pero lo que no es tan cierto es que debido a la aparición de los derechos de autor se produjese esa explosión cultural (sí por los otros factores). Muchos grandes nombres de la música, de la literatura, de la pintura, los clásicos, vaya, vivieron en dichas condiciones, no creo que se pueda decir que la música o la literatura del XIX es superior a la del XVII o XVIII gracias a los derechos de autor, de modo que los resultados del mecenazgo no fueron tan malos para la cultura (cosa que no se puede decir siempre en la actualidad, cuando algunos artistas viven de encargos y subvenciones de instituciones a las que cuelan verdaderos disparates, pero como el dinero es público y ambas partes están encantadas de haberse conocido, no pasa nada).
El autor del libro bendice al mercado, que ha sido el que ha permitido que los artistas se independizasen de mecenazgos y pasen a depender directamente del gran público. Por contra, el pseudoanarquismo de las libres descargas, lo que hace es cargarse a la cultura e desfavorecer a los autores.
No estoy de acuerdo. Primero, porque creo que la situación actual responde a una situación de economía de mercado. No es tanto pseudoanarquismo como cambio en el valor que la gente da a ese bien. Durante muchos años, la industria ha impuesto, sin regateos de ningún tipo, el precio del bien (disco, libro, película,…). Además, los intentos de timo proliferaron para sangrar al pobre consumidor (discos mediocres con una canción buena y el resto de relleno, recopilaciones donde faltan un par de canciones muy conocidas que vienen en el segundo volumen del recopilatorio, con una cantidad de morralla indecente,…), sin contar con los trucos de cambiar el formato para que la gente tenga que volver a comprarse lo que ya tenía (así pasó con el tránsito del vinilo o la cinta al CD y lo intentarán ahora con el Blue-Ray respecto al DVD). Da gracia que diga que la industria ha favorecido la cultura y su diversidad cuando el objetivo de ésta siempre ha sido homogeneizar el producto lo máximo posible para que llegue a una audiencia lo más amplia posible, pero en fin, dejémoslo estar. Y además está la cuestión de la distribución. Gran cantidad de discos y artistas no han llegado nunca a España o lo han hecho fatal, sin ninguna promoción y sólo cuando la demanda apretaba. Esto por no hablar de los robos de la industria a los artistas. Así, el mercado no ha funcionado nada bien en este tipo de productos (y menos tras la desaparición del sencillo) y el público ha dicho basta. Entre un disco a 20 €, cuyo contenido no me dejas probar y con un mecanismo antipirateo que me impide oírlo en varios aparatos reproductores, y una descarga gratuita universalmente compatible, haría falta ser tonto como para no bajarse el disco. El intercambio se produce por la gran disparidad entre lo que el público está dispuesto a dar y lo que lo industria ofrece. No es que la gente no quiera pagar por la música, lo que quiere es más música por una misma cantidad de dinero (han caído los precios de los televisores, reproductores de DVD, equipos de música,… pero no el de los discos, cosa que la gente no comprende). Estoy seguro de que si los discos fuesen más baratos y éstos tuvieran calidad, el intercambio de ficheros bajaría estruendosamente.
Porque, que no engañen, el autor creará, aunque no se le pague. El acto creativo está en los genes del ser humano y se manifestará aunque no obtenga retribución. Por ejemplo, gran parte de la obra cultural de la movida madrileña se hizo sin apoyo de ninguna industria, completamente al margen del mercado y sin pensar en el dinero que podrían ganar. Quizás con esta situación, el acto creativo sea incluso más puro, pues no buscará el enriquecimiento, al no poderlo conseguir. Sin embargo, a pesar de lo que digan, el autor será recompensado por su trabajo, porque también está en los genes del ser humano reconocer la belleza y recompensarla. Esta retribución, sin embargo, será en un futuro de forma mucho más directa que hasta ahora, sin intermediarios (los músicos con conciertos por ejemplo).
Por otro lado, habla que el intercambio de archivos va en contra de la cultura, pero no menciona un gran efecto positivo. Ahora es mucho más fácil estar enterado de lo que pasa y de lo que hacen (y lo que hicieron) otros artistas. Toda eso ayuda muchísimo en la formación de artistas. De hecho, desde que hay descargas, según mi impresión estoy oyendo y están saliendo cosas muy buenas, aumentando la calidad respecto a la época anterior.
El autor del libro tiene tan en mente su objetivo de criticar las descargas que incurre en varias contradicciones y llega a meterse en camisas de once varas. Así, aunque elogia el mercado, y dice que es el mejor sistema, aboga por las legislaciones proteccionistas como la francesa que, para salvaguardar su excepcionalidad cultural, restringe las horas de música extranjera en las emisoras de radio, la emisión de programas extranjeros en sus televisiones y las pantallas dedicadas a películas no francesas. Todo esto, auxiliado con un mecanismo de financiación en base a tasas que salen de la venta de entradas de cine y de cuotas de abono de las televisiones por cable.
No se puede decir que lo mejor es el libre mercado y luego defender cláusulas tan proteccionistas. Afirma que han surtido efecto y alardea que el 4 de los 10 discos más vendidos son franceses. Bueno, eso no es nada, en España, esta misma semana, los 10 más vendidos, repito, los 10, eran en español (y sin necesidad de esa regulación en emisoras de radio). Y claro, si en la mitad de las salas de cine se han de proyectar películas francesas, lo que se ha propiciado es la aparición de un género de películas francesas para llenarlas, la calidad es otra cosa. En todo caso, la influencia de la cultura francesa en el resto del mundo (o de Europa) es ahora mucho menor que en los 60 o incluso que en los 80, de modo que el éxito de dicha legislación quizás sea pírrico.
Otro jardín en el que se mete el autor del libro es decir que Internet sí ha proporcionado una colaboración positiva contrapuesta a esa colaboración negativa que son las redes de intercambio de archivos P2P. Pone como ejemplos Youtube y la Wikipedia. No sé si el autor no sabe o lo obvia, pero Youtube tiene muchos problemas con muchas compañías por temas de derechos de autor. Y en cuanto a la Wikipedia, ¿no podrían los editores de enciclopedias acusarla de competencia desleal, porque, después de todo, los colaboradores de esta página añaden sus conocimientos a la misma tras consultar enciclopedias o libros que ellos editan? La Wikipedia les está arruinando.
Pero quizás la mayor metedura de pata es que alaba y justifica que las compañías de televisión francesa estén obligadas por ley a destinar una parte de sus ingresos a financiar obras audiovisuales francesas. Después de todo, según dice, las televisiones obtienen ingresos (publicitarios o abonados) gracias a la difusión de dichas obras audiovisuales. Llama al mecanismo «ingenioso». Sí, quizás sea ingenioso, pero yo añadiría que incompleto. ¿Por qué sólo las televisiones? Las grandes tiendas que venden CD y películas también obtienen sus ingresos y beneficios de la venta de esta obras. Entonces ¿no sería lógico que ellas también contribuyesen por ley a financiar las mismas? Sin embargo, no sé por qué, pero no creo que el autor estuviese de acuerdo conmigo. Tal vez por ser el presidente de esa compañía internacional de tiendas de discos, DVD, libros y aparatos tecnológicos.
En definitiva, el libro me pareció claramente maniqueista, muy sesgado porque su autor no es, ni puede serlo, imparcial y poco brillante en sus soluciones (apretar las tuercas a las operadoras proveedoras de Internet para evitar que sus clientes usen las redes P2P, cosa que parece que van a llevar a cabo en Francia mediante una nueva legislación al respecto). Ha soslayado los efectos positivos de estas redes, y ha magnificado las consecuencias de su uso. No aprecia que lo único que sucede es que las reglas del juego van a cambiar y que esos cambios serán el fin de un modelo que se resiste a morir, y se niega a adaptarse, y del que el autor forma parte. Este libro forma parte de su lucha, pero incluso en esto son torpes, me han cabreado. Yo había comprado, ¿por qué me bombardean con esta propaganda no deseada? ¿No deberían ponerlo en la mula, donde está el público al que deberían convencer? ¿Cuánto ha costado editar este libro? ¿De dónde ha salido ese dinero? Casi seguro que de los que compran en la tienda. Pues si han pagado, no les enchufes publicidad. Hasta las televisiones de pago saben eso.
Os dejo con una canción que no tiene nada que ver, pero que descongestionará después de un hilo tan largo. La primera canción que oí en uno de los canales de audio que ofrecía el avión cuando iba a Nueva York. The Thrill Is Gone del absolutamente genial BB King.
Perdonad el hilo tan largo y saludetes
Ártabro
P.S. Escucha recomendada: Freedom de George Michael
Siento la irregularidad de los últimos posts, pero estoy bastante liado en el trabajo con… ¡bah! ¿Para qué contar miserias si puedo hacer cosas más alegres como contestaros? Siempre está bien tener respuesta de algo que has opinado, aunque sea para ponerme verde.
Dani, no me olvido de ir a visitarte. Pronto nos veremos. Espero que puedas ir a ver a Bob Dylan y, si al final no puede ser, que pronto, durante otra etapa de su Never Ending Tour te quedé todavía más cerca y podamos ir a verlo.
Judas, sinceramente, no sé, pero creo que el debería odiar al otro soy yo, jajaja. Vale que yo he estado en Nueva York, pero tus destinos tienen una pinta magnífica. Respecto a The Raconteurs comparto tu opinión. Es extraño, se dejan oír, está bien lo que hacen, pero no me termina de atrapar.
Pero ya que hablabas de Nueva York este post lo dedicaré a uno de los aspectos que más me chocan de la ciudad y que me encanta, mejor dicho, me ENCANTA. Y es la enorme proliferación de neones. Por neones me refiero a pequeños mensajes que aquí en España se suelen poner en los comercios mediante carteles de papel, cartón o mediante paneles iluminados por detrás con tubos fluorescentes. Allí no digo que no haya carteles ni paneles, pero lo que hay y lo que llama la atención son los neones, con los tubos luminosos retorcidos al aire. Si hay un cajero automático dentro del establecimiento, si sirven cafés, si incluyen en el menú una especialidad en el local, si está abierto, si nunca cierra, si venden una determinada marca de cerveza, si poseen un emblema… lo más probable es que se anuncie mediante un neón, escribiendolo en letras, dibujos estandarizados o con diseños exclusivos. Los hay de todos los colores, tamaños (aunque suelen ser del tamaño de carteles normales), formas, parpadeantes o fijos, con movimiento simulado… La sensación que producen cuando caminas por las calles, sobre todo desde que atardece, es de calidez y de refugio.
Es posible que esta sensación esté debida a varios factores: los alegres colores, las calles no muy bien iluminadas que los convierten en faros en la oscuridad y signo de que allí hay alguien… Pero no se me escapa que se pueda también deber a que los neones en España eran más populares durante mi niñez, pasando de moda después. Verlos ahora por todas partes te trae recuerdos inconscientes de tiempos mejores por ser más despreocupados, y añaden todavía más decadentismo a una ciudad que por un lado parece a punto de caerse a pedazos y por otro devora su pasado y reinventa su futuro. Y ese es otro motivo por el que me gustan los neones. Allá donde están suele haber un comercio tradicional que no ha sucumbido a la homogeneización de las ciudades en los últimos años. Ya casi da igual si paseas por Londres, Madrid o Colonia, todo es igual. Pero Nueva York…n unca he visto una ciudad con tanto empuje y con tanto anclaje en el pasado al mismo tiempo. Eso es Nueva York, un diner con aspecto de los años 50 al lado de un restaurante salido de una película de gangsters y un poco más allá, una franquicia de Victoria Secret. Una millonaria cogiendo un taxi que acaba de dejar una pareja de novios en su primera cita. Pobres pidiendo un cuarto de dólar en la Quinta Avenida.
Como muestra de neones, esta fotografía que saqué por otro motivo (el abigarramiento de mensajes, muy neoyorquino).
Y como este es un blog de música, una canción sobre neones, pero no Corazón de Neón, que sería la socorrida, sino Neon Lights de Kraftwerk de su álbum de 1978 The Man-Machine.
Saludetes
Ártabro
P.S. Escucha recomendada: Corazón de Neón de La Orquesta Mondragón